Domingo, 26 de abril
SOCIALES

Adicciones: el grito silencioso de una sociedad herida

En las calles, en los hogares y en los hospitales de todo el país, la problemática de las adicciones crece como una sombra que pocos quieren mirar de frente. Alcohol, drogas, juego, comida, trabajo o sexo: cambian las formas, pero el fondo es siempre el mismo.

Detrás de cada conducta adictiva hay una persona que intenta huir de un dolor que no sabe cómo expresar.

Cuando el Estado no llega, llega la droga, en muchos barrios del norte salteño, el Estado está ausente. Donde faltan clubes, centros culturales, espacios de escucha, trabajo y proyectos de vida, sobran dealers, alcohol y desesperanza.

Los jóvenes no nacen adictos. Se vuelven adictos cuando no tienen futuro.

Mientras se discuten presupuestos y cargos, hay familias que ven cómo un hijo se pierde sin que nadie los acompañe. No hay centros de atención suficientes, no hay equipos interdisciplinarios en los barrios, no hay políticas sostenidas de prevención y tratamiento.

 

Durante décadas, la adicción fue tratada como un vicio o un problema de conducta. Hoy, la psicología, la neurociencia y la experiencia clínica coinciden en algo esencial: la adicción es una respuesta al sufrimiento emocional. No se consume para divertirse; se consume para dejar de sentir.

“El adicto no busca placer, busca alivio”, señalan los especialistas en salud mental.

El vacío que nadie ve

Muchas personas con consumo problemático cargan historias de abandono, violencia, desvalorización, carencias afectivas o pérdidas no elaboradas. Emociones como la vergüenza, la tristeza, el miedo o la soledad se vuelven tan intensas que el cuerpo necesita una vía de escape.

Ahí aparece la sustancia o la conducta compulsiva. Por unos minutos u horas, el dolor se apaga. El problema es que el alivio dura poco, pero la dependencia crece.

Así se construye el círculo de la adicción: dolor → consumo → alivio → culpa → más dolor → más consumo.

Una mirada que ya no alcanza

Seguir culpando al adicto es una forma cómoda de no asumir una verdad más incómoda: vivimos en una sociedad que hiere y luego condena a quienes no soportan el dolor.

Reducir las adicciones a falta de voluntad o a “malas decisiones” solo agrava el problema. La persona que consume no necesita castigo; necesita contención, escucha y una oportunidad real de reconstruirse.

La recuperación empieza cuando alguien escucha

La salida de una adicción no se logra en soledad. Se logra cuando el dolor encuentra palabras, cuando la historia personal puede ser contada sin vergüenza y cuando alguien acompaña sin juzgar.

La ciencia lo confirma: los vínculos sanos, la terapia, el acompañamiento comunitario y el sentido de vida son más efectivos que cualquier sermón.

Un problema social, no individual.

Hablar de adicciones es hablar de salud pública, de desigualdad, de violencia, de abandono y de falta de políticas de cuidado. No se trata solo de sustancias, se trata de personas, personas que, en lugar de ser señaladas, necesitan ser vistas.

Porque detrás de cada adicción hay una historia. Y detrás de cada historia, alguien que todavía puede sanar.

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