CARLOS Monzón, A 25 AÑOS DE SU MUERTE.
Carlos Monzón sea quien más se destaca en este friso desgraciado. Acaso por contener un aditamento de variantes (es un decir) que lo hacen único. Fue el más trascendente en su profesión, gozó todo en la vida, mató, estuvo preso, y murió en un accidente automovilístico por estar borracho.
El juninense Luis Ángel Firpo dijo una vez: “Yo estoy seguro de que algún día aparecerá un muchacho de tez cetrina, cabello negro, con carácter hosco, rudo y seco. Pero sé que será famoso y le dará un enorme prestigio a nuestro boxeo”. La frase del Toro Salvaje de las Pampas, el padre de la patria pugilística nacional, primer argentino en disputar un título mundial (en 1923) y licencia profesional Nº 1, fue inequívocamente profética ya que, por los incomparables logros que alcanzaría años después, Carlos Monzón fue, es y será el más grande púgil profesional de la historia de nuestro país y uno de los más reconocidos, admirados y profundamente respetados en el todo el mundo.
De la humilde Costa al fastuoso Mónaco
Al igual que sus abuelos paternos y maternos, sus padres y diez de sus 12 hermanos, Monzón vino al mundo en una región históricamente postergada, conformada actualmente por los departamentos San Javier y Garay, que integran un espacio de la provincia de Santa Fe conocido como región de la Costa, donde predominan los ríos.
Todas las familias de esa zona tenían un denominador común: eran muy pobres, con sus múltiples carencias potenciadas por la falta de trabajos fijos y, además, numerosas, donde para varios de sus miembros era un auténtico lujo comer todos los días.
Estas fueron las auténticas raíces de Carlos y, por su humildísimo origen, a la hora de contar con oportunidades de ser alguien en la vida, a él le tocó el último lugar en la fila. Por eso, jamás aprendió a vivir: simplemente, solo supo lo que es pelear para sobrevivir. Su falta de instrucción –en algunos casos, hasta elemental– le hizo cometer un sinnúmero de errores a lo largo de su azarosa vida ya que, Escopeta, no tuvo una infancia, adolescencia y, ni siquiera, una juventud.
Cuando algunos niños de su edad dormían confortablemente abrigados y alimentados, él estaba trabajando para que, si la fortuna lo acompañaba, esa noche pudiera irse al catre con algo en su estómago, y no vacío, como varias veces le pasó...
Ni siquiera pudo completar el 3º grado de la primaria en la escuela República Oriental del Uruguay de nuestra ciudad (la que años después, siendo campeón mundial, y con billetes de todos los colores, refaccionó completamente a cero), porque vender diarios, lustrar zapatos o realizar la changa que sea para poder llevar algo a la olla eran tareas mucho más importantes –y urgentes– que aprender a leer y escribir.
Así, desde la más absoluta pobreza en la que nació en la fría y lluviosa noche del viernes 7 de agosto de 1942 en el barrio La Flecha de San Javier, a través de la práctica del boxeo y sus triunfos inolvidables llegaría a codearse con presidentes, príncipes, magnates, miembros del jet set internacional, y tendría al mundo entero a sus pies.

Siempre es complicado, riesgoso, referirse a una figura destacada cuando ésta, además de brillar en lo suyo, tiene un costado negro criticable, o siniestro, o trágico. Si uno se guiara por la adhesión, pareciera que los pueblos tuvieran más preferencia por los ídolos borrosos, aquellos a los que no todo les salió bien, en contraste con los que cumplieron normalmente su profesión terminando la vida sin estridencias. Podría pensarse que en el fondo del alma de la gente creciera un vengativo rencor contra aquel que tiene éxito. Claro, el admirado posee todo, en cambio uno, sólo problemas, carencias. Se lo ama al exitoso. Se lo envidia. Y, quizás sin saberlo, se le ruega a Dios que le arranque una pierna o lo reviente una enfermedad de esas de las que no perdonan, o le corte de una buena vez tanta gloria porque ya es demasiado. Entre esos muertos ilustres tenemos a Gardel, Marta Lynch, Alberto Olmedo, el roquero Pappo, o la estrella televisiva Juan Castro, muertes trágicas, misteriosas muchas veces. También hay que sumar al boxeador Gatica, arrollado por un colectivo al estar alcoholizado, o al extraordinario cirujano René Favaloro, disparándose en el corazón, su especialidad. Entre la lunga lista, posiblemente el boxeador Carlos Monzón sea quien más se destaca en este friso desgraciado. Acaso por contener un aditamento de variantes (es un decir) que lo hacen único. Fue el más trascendente en su profesión, gozó todo en la vida, mató, estuvo preso, y murió en un accidente automovilístico por estar borracho. Bien, a este inmenso personaje se atrevió el agudo y sagaz periodista Carlos Irusta en su libro: “Monzón, la biografía definitiva”. La existencia del púgil esparcida en páginas vibrantes es ordenada y exhaustiva. Incluye la leyenda del Luna Park y su esplendor, cuando Tito Lectoure se hace cargo teniendo veinte años. Y ahí la oportunidad de Monzón en el Luna ganando sus primeros quince mil pesos. Además la dura vida con su mujer. Podría afirmarse que el libro tiene un carácter enciclopédico, ya que abunda en referentes e historias nacionales y mundiales del mundo boxístico: la misteriosa muerte ¿asesinato? de Sonny Liston, con el cuerpo inflado de droga. La semblanza de aquellos argentinos que no pudieron “llegar” a convertirse en campeones mundiales en la meca del box, desde Justo Suárez a Alejandro Lavorante. Se resalta la bronca que se tenían Lectoure y Brusa. El inolvidable combate entre Natalio Bonavena y “Goyo” Peralta. Y los sucesos que sacudían el mundo. Los Beatles. Perón en España siendo visitado por boxeadores. Sorpresivamente, la primera gran victoria de Monzón ante Jorge Fernández, lo consagra campeón mediano. Los prolegómenos para la primera pelea con Benvenuti. Su necesidad de infiltrarse en los puños para calmar los dolores. Y, por fin, como sacudón relevante, aparece la modelo Susana Giménez estallando con aquella publicidad del jabón “Cadum”. El balazo que Monzón recibe de su mujer. Los Montoneros. La llegada de Perón en 1973. La revancha con Griffith en Mónaco, cuando Brusa lo caga a gritos a Monzón porque al no dar más quiso abandonar en el octavo round. Y Emilio Perina (alias Moisés Konstantinovsky), que en 1965 da a conocer la novela “La Mary”. El libro llega a manos de Susana, que era vedette de revistas musicales y había hecho algunas películas intrascendentes. Ella se lo da a Tinayre diciéndole que se siente segura para interpretar a la protagonista. Él olfatea el éxito formidable en cine si el campeón y Susana aceptan filmarla. La película se hace. El boxeador conquista a Susana en la ficción y en la vida real. Luego nos informamos de relatos de los prestigiosos periodistas Juan Larena y Nigel Collins; del empresario Bob Arum. El autor también se introduce en las pésimas burlas de Bonavena que por poco logran que se agarre a trompadas con Monzón. Y el golpe de estado de las fuerzas armadas, y Leonardo Favio que le pone ruleros al púgil para el film “Soñar, soñar”. Sin relegar el asesinato de Bonavena en las puertas de un prostíbulo de Norteamérica. Ni Brusa acusando a Lectoure de haber creado un monopolio, y de manejar aviesamente las bolsas de dinero de Monzón. Las disputas con Susana. La soledad del campeón. La aparición de sopetón de Alicia Muñiz. El asesinato de ella. La cárcel. Allí lo visitan Palito Ortega, Leguisamo, Selpa, Reutemann, Mickey Rourke, Benvenuti, Alain Delón, y Tita Merello le manda un breviario religioso. Por fin queda libre y festeja. Aprieta demasiado el acelerador y se produce el desastre. Muerto, aún tibio, siente que le roban el reloj Rolex y la cadenita de oro que lleva en el cuello. A todo esto y mucho más, Irusta inserta, alternativamente, sustanciosos comentarios personales, sus propios reportajes y entrevistas al campeón, su casi pelea con él, charlas con Lectoure, más bien confesiones. Todo hace del libro, estructurado al estilo “cortazariano” (si se lo abre en cualquier página, uno queda atrapado), un referente ineludible no sólo para el lector interesado en el personaje, sino para el boxeo en general, aquí y en el mundo. El más importante escritor de los tiempos, el francés Louis-Ferdinand Céline, en su insuperable novela “Viaje al fin de la Noche”, escribió: “Porque la vida es esto: un punto de luz que termina en la niebla”, casi prefigurando a Monzón.
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