El ajuste no fue para la casta: fue para los humildes, corsos , carnavales oficiales y carpas de lona: la postal más cruel del ajuste
En el Departamento San Martín, la contradicción ya no se puede disimular. Mientras los municipios destinan tiempo, recursos y logística a la organización de corsos y festejos, hay familias enteras que siguen durmiendo en carpas, sin una cama digna, sin un techo seguro, sin respuestas concretas del Estado.
En la Argentina de hoy, acceder a un trabajo digno se ha convertido en una carrera de obstáculos casi imposible para miles de familias. Comerciantes que bajan persianas, obreros que pierden changas, jóvenes que no consiguen su primer empleo y adultos que, tras décadas de trabajo, quedan fuera del sistema sin red de contención. La palabra que más se escucha ya no es “progreso”, sino “resistencia”.
La escena es tan real como dolorosa: luces, escenarios y música por un lado; del otro, personas que pasan la noche sobre el suelo, expuestas al frío, a la lluvia y al olvido. Dos realidades que conviven en el mismo territorio, pero que parecen no mirarse.
En un contexto donde el trabajo escasea y el acceso a un ingreso estable se vuelve cada vez más difícil, el ajuste vuelve a mostrar su verdadero rostro. No fue contra la casta. Fue contra los humildes. Contra quienes perdieron su empleo, contra quienes sobreviven de changas, contra quienes ya no pueden pagar un alquiler ni acceder a una vivienda mínima.
Los municipios celebran, pero hay vecinos que no tienen ni una cama. Y eso no es una metáfora: es una emergencia social. No se trata de estar en contra de la cultura ni de las tradiciones populares, sino de ordenar prioridades. Porque cuando hay gente durmiendo en carpas, el problema ya no es presupuestario: es humano.
El discurso del ajuste prometía cortar privilegios, pero en los hechos los privilegios siguen intactos. Los que siempre estuvieron protegidos continúan estándolo. En cambio, los más vulnerables quedaron a la intemperie, literalmente. Sin políticas de contención, sin planes de emergencia habitacional, sin trabajo genuino.
La falta de empleo y de vivienda digna no son estadísticas: son rostros, nombres, historias. Son niños que crecen sin condiciones mínimas, adultos que perdieron todo y jubilados que ya no pueden sostenerse. Y frente a eso, la respuesta oficial parece ser el silencio… o el espectáculo.

Hoy, el ajuste dejó una imagen imposible de negar: escenarios montados y carpas de lona como único refugio. Una postal que desnuda que el sacrificio no fue parejo, que no fue justo y que, una vez más, lo pagaron los de abajo.
Porque cuando el Estado celebra mientras su gente duerme en el suelo, el problema ya no es económico. Es moral.
Mientras los discursos oficiales insisten en que el sacrificio era necesario y que el ajuste apuntaba a los privilegios, la realidad en la calle cuenta otra historia. Una historia mucho más dura, mucho más cruda: el ajuste cayó, una vez más, sobre los que menos tienen.
Los números fríos pueden maquillarse, pero la heladera vacía no miente. El costo de vida sube, el trabajo escasea y el salario —cuando existe— alcanza cada vez para menos. En los barrios populares, en el interior profundo, en las economías regionales, el impacto es devastador. No hay relato que tape la angustia de quien no sabe si mañana podrá pagar el alquiler o llenar la olla.
El ajuste prometía terminar con la “casta”, pero la casta sigue intacta. Los grandes intereses, los sectores concentrados, los que siempre caen parados, continúan protegidos. Mientras tanto, el peso del recorte lo cargan jubilados, trabajadores informales, monotributistas, cuentapropistas y desocupados. Los de abajo. Los de siempre. La pregunta que resuena es incómoda pero necesaria:
¿Puede llamarse orden a un modelo que excluye? ¿Puede llamarse sacrificio cuando siempre pagan los mismos?

La falta de trabajo no es solo un problema económico: es una herida social. Detrás de cada puesto perdido hay una familia, un proyecto truncado, una dignidad golpeada. Y cuando el Estado se retira sin alternativas, el resultado no es libertad, sino abandono.
Hoy, más que nunca, queda en evidencia que no hubo motosierra para los privilegios, sino bisturí para los derechos. Que el ajuste no fue parejo ni justo. Que no fue contra la casta, sino contra los humildes.
Y cuando el pueblo extrabajador es el único que pierde, ya no se trata de ideología ni de grietas: se trata de justicia social y de sentido común.
La pregunta que muchos se hacen en San Martín es simple y brutal:
¿Puede haber festejos cuando hay vecinos que duermen en carpas?
¿Puede hablarse de orden cuando hay abandono?
CRONOS HD
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